“Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo”, anunciaba Arquímedes. El corazón del problema consiste en que los indignados de nuestro tiempo, a diferencia de sus predecesores, no consiguen encontrar ese “apoyo arquimediano”. En política, el “apoyo” consistiría en un posicionamiento estratégico que posibilite las acciones que puedan producir impactos de desestabilización (o que amenacen de forma realista con la posibilidad de producirlos) sobre los ordenamientos dominantes, sobre los equilibrios de poder; la capacidad de incidir que garantiza al sujeto colectivo la asunción de un papel protagonista respecto a lo que el sociólogo Alaine Touraine define como “el conflicto central”, donde “el cambio se convierte en progreso”, en conquista de democracia.

Este libro llegó a mis manos casi por causalidad. Sin conocer a su autor, Pierfranco Pellizzetti, ex profesor de la Universidad de Génova, su título, “El fracaso de la indignación” (Alianza Editorial, 2019), llamó poderosamente mi atención. ¿Había fracasado la ola de indignación mundial iniciada en 2011? ¿A caso los cambios sociales no necesitan primero de un cambio de valores introducidos precisamente por las protestas sociales y los movimientos que las impulsan? ¿Hay que entender fenómenos como Podemos, hoy en las instituciones, como una conquista política o como un éxito del propio sistema?

Pellizzetti escribe este libro en 2013, y llega traducido editado al castellano por Alianza Editorial seis años más tarde. Seis años en este período convulso que estamos atravesando equivalen a varias décadas, por lo que algunas de las preguntas que se plantea el autor parecen del todo desfasadas, como si la película sobre la que reflexiona esta obra ya hubiera acabado, ya hubiéramos visto cuál es el final.

Para el profesor italiano no cabe duda: la protesta, la indignación, es estéril siempre que no se asiente sobre un sujeto político cohesionado, con un programa y un horizonte claros, un “apoyo arquimediano” que permita que la movilización no caiga en saco roto, sino que sea verdadera palanca de cambio.

Los movimientos han sido desalojados del epicentro de los procesos significativos, sobre los que ya no pueden incidir debido a su sobrevenida irrelevancia material y política. Y la irrelevancia se traduce en frustración.

La derrota de los trabajadores no se ha hecho realidad únicamente a través de su marginación negociadora; una contribución igual de importante procede de las prácticas comunicativas concebidas para eliminar su presencia del debate público. El punto conceptual más potente fue colocar en el centro de la atención general dos figuras sustitutivas del ciudadano trabajador: el consumidor y el accionista.

Pero el autor reconoce la dificultad de este propósito en una época en la que la visibilización de ese conflicto se ha diluido, y en la que la naturaleza del sujeto político se ha fragmentado. Indignarse en el siglo XIX, o a principios del XX, viene a decir el autor, era mucho más fácil, porque en el fondo, las coordenadas eran mucho más diáfanas y comprensibles para todos. El capitalismo financiarizado, que ha desplazado los centros de poder a espacios mucho más intangibles e inaccesibles, o la sociedad del consumo, que ha logrado la despolitización y desmovilización de una potencial ciudadanía critica, nos han llevado un callejón sin salida. El libro tiene enormes reminiscencias de los dilemas planteados también por figuras como la del sociólogo Zygmunt Bauman, el historiador y escritor británico Tony Judt, o el profesor de la School of Oriental and African Studies, Guy Standing, que en los últimos años han publicado obras de referencia que se plantean uno a uno los mismos dilemas.

[Hay que] llevar al sistema a la otra política […] transformando el disenso en un consenso alternativo que reactive la circulación correcta entre los movimientos y las instituciones; que obligue a estas, con el peso de sus presiones más que creíbles, a hacer lo que tienen que hacer. En resumen, el paso crítico de la esperanza a la implementación del cambio depende de la permeabilidad de las instituciones políticas a las reivindicaciones del movimiento […] aceptar el concepto de que la renovación de las políticas se deriva de la asunción de la responsabilidad directa en el cambio político. Abriendo puertas. […] una agregación encaminada a subvertir competitivamente los equilibrios reales del poder institucionalizado, entrando directamente y sin dilación en la arena, como antídoto contra la marginación. Es decir, haciéndose clase dirigente.

La fórmula que propone ante ese fracaso de la indignación al que alude es una fórmula que ya ha tomado cuerpo en multitud de lugares, y sobre la que todavía es necesario el paso del tiempo para evaluar su capacidad de cambio, pero también los efectos sociales (la desmovilización, por ejemplo) que deja.

[Es necesaria] Una discordia creadora, donde “la voz”, organizada de los sin poder de la era global requeriría una caja de resonancia a la medida de la dimensión espacial planetaria: si no los “Estados Unidos del Mundo” kantianos, sí una “sociedad civil mundial”. “¡Sin poder de todo el mundo, uníos!”.

Sin duda, su última intuición, que merece alguna reflexión a lo largo del libro, es la más sugerente. En un contexto global de múltiples protestas y movilizaciones, con diferentes almas, sensibilidades y visiones del hacia dónde, la unión en la diversidad, la compenetración e interconexión entre luchas, en definitiva, la interseccionalidad, se convierte en la más poderosa y creativa de las posibilidades de cambio de este momento.

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En 2019, Steven Forti entrevistó al profesor Pellizzetti para Ctxt.