[…] un poder fundadado en la corrupción, cuando esa corrupción es sistemática, aunque no tenga un contrapoder que lo cuestione, acaba corroyendo la estabilidad del Estado.

Jordi Amat ha escrito un libro adictivo, que se lee con compulsión. La historia de Alfons Quintà (1943-2016) abre las compuertas de diversos momentos de nuestra historia reciente, pero pone de relieve, en especial, la época de La Transición española. Su trepidante ritmo, evoca otra de las obras de referencia para revisitar este convulso período, como es “Anatomía de un instante” (Mondadori, 2009) de Javier Cercas. Si con el libro de Cercas accedíamos a las tensiones y conflictos en torno al golpe de Estado de febrero de 1981, a través de una constelación particular de personajes políticos de la época (Suárez, Carrillo, Armada, Gutíerrez Mellado…), la obra de Amat nos permite acceder a los albores de la Catalunya pujolista a través de la histriónica figura de Quintà.

[…] Si antes del 30 de este mes de abril mi padre no ha accedido incondicionalmente y no ha firmado las dos autorizaciones antes mencionadas, y teniendo en cuenta que si no lo hace sería completamente ilógico y la única explicación que tendría es que fuese una venganza personal, yo me vería en la necesidad de comunicarle al señor Vicente Juan Creix, inspector jefe de la Brigada Política Social de Barcelona con quien tengo relación, todo lo que sé sobre ustedes y otros miembros del “equipo”. […] Aprovecho la ocasión para recordarle que es un delito grave verse en el extranjero con señores como Josep Tarradelles y Serra Moret, y de uno de estos encuentros tengo constancia fotográfica. Además le hago saber que tengo cartas del señor Tarradellas dirigidas a mi padre.

Esta carta se la escribe Alfons Quintà al mismísimo Josep Pla. Es una amenaza directa de un menor de edad (estamos en 1960 y Quintà apenas tiene diecisiete años), a una de las figuras intelectuales catalanas más relevantes del siglo XX. La amenaza la realiza “el hijo del chófer” de Pla. El padre de Alfons Quintà, Josep Quintà, es el chófer y la mano derecha de Pla. Entender la tormentosa relación entre padre e hijo se presenta como la clave para comprender al personaje de Alfons Quintà después. La misiva, sin embargo, es el aviso de que estamos ante un personaje del todo desestructurado. Pla no es sólo la persona para la que trabaja el padre de Alfons Quintà. Pla, nos explica el libro, es casi parte de la familia. Su ascendencia no es sólo intelectual, sino es también sentimental. ¿Qué persona es capaz de chantajear con semejante frialdad ante estas circunstancias? Alfons Quintà.

Martes 29 de abril de 1980. Alfons Quintà, treinta y siete años, firma dos noticias publicadas en esa edición. En una anuncia que Josep Tarradellas no asistiría a la toma de posesión oficial de Jordi Pujol. La otra era un reportaje, firmado junto con Carlos Humanes […]. No es noticia de portada, pero podría haberlo sido. Trata de economía, pero se publica en las páginas de política. Debía ser la primera entrega de una serie. Sólo se publicará ese artículo, pero con esa página empieza su leyenda. En la dirección de Madrid [de El País] les parece bien. Desclava una chincheta de la tarjeta de Jordi Pujol que conserva en su despacho. Una noticia puede iluminar un tiempo. Diagnosticar la patología de una sociedad y descubrir cómo se proyecta en la psicopatía del autor. Una exclusiva puede ser un intento de parricidio.

“DIFICULTADES ECONÓMICAS DEL GRUPO BANCARIO DE JORDI PUJOL”

Sin la obsesión de Quintà por Jordi Pujol, con quien había tenido un encontronazo años antes, el caso Banca Catalana quizás no hubiera adquirido la magnitud y trascendencia que tuvo, ni habría generado el impacto que a posteriori tendría en la conformación de un tiempo y de una sociedad. Es una hipótesis. Pero la visceralidad de Quintà descrita por el libro es de tal calibre que esa hipótesis se convierte en algo muy plausible. Lo rocambolesco, lo esperpéntico, lo incomprensible, es que Quintà, pocos años después, se convertirá en una pieza clave del proyecto televisivo del entonces President de la Generalitat.

En esta conversación en el programa FAQS, Jordi Amat y el economista Josep Maria Ureta, desgranan algunas de estas cuestiones:

El problema es ideológico. O eso es secundario. Es algo más peligroso. El problema es la conducta y la progresiva instauración de un clima de asedio y terror. El peligro es que normaliza el caos. […] Algunos de los conflictos salen a la luz. La mayoría se silencian. La dinámica de trabajo se ve afectada, pero él actúa como un tirano. A la hora de hacer las pruebas para contratar a los redactores, decide con absoluta arbitrariedad. Descarta a un candidato que estaba haciendo una buena prueba. No le parece apropiado que vista con camisa de manga larga. A una secretaria la abronca más de lo normal y le lanza un pisapapeles. En otra ocasión los gritos serán tan histéricos que otra secretaria, bloqueada, pierde el control y no puede contener la orina. Depende de cómo está ese día, porque su humor es muy variable, algunos redactores no se levantan de la mesa para no cruzarse con él por el pasillo. Hay mujeres que sienten con asco cómo va acercándose su respiración y temen que les proponga lo que empieza a convertirse en una costumbre

Quintà es un personaje deleznable. Todas las historias personales tienen un pasado detrás que ayudan a explicar casi todo de una determinada forma de ser. Aunque no implique justificar una determinada conducta, uno puede llegar a entender de dónde procede, cuáles son sus raíces. En el caso de Quintà es perfectamente identificable, pero a pesar de entender el origen de ese dolor, se hace enormemente difícil empatizar con un personaje que maltrata sistemáticamente a los que le rodean. Pero la historia arroja luz no sólo sobre la conducta del individuo, sino también sobre toda una sociedad que acepta, invisibiliza y legitima el maltrato psicológico y la violencia machista.

El cuarto poder servía para dirimir un combate en el que reververaba el poder político, pero que en último término era una pugna pura y dura por el poder en bruto entre periodistas y empresarios. Desde El Observador se apuntaba contra La Vanguardia porque era un diario convergente que había cooptado a dos figuras del mundo turbio de los negocios de la ciudad que querían defenderse; y desde El Mundo se atacaba a La Vanguardia porque Quintà no perdonaba a Tapia y porque Pedro J. Ramírez entendía que la línea editorial se había decantado a favor del Gobierno socialista y por tanto contra sus intereses por tumbar a Felipe González.

Más allá del personaje, del “hijo del chófer”, la obra de Jordi Amat nos permite entrever también la trastienda del escenario político y mediático de un tiempo y de un momento histórico, para entender con mayor claridad aquello que intuimos, pero que cuesta ver con claridad. “El hijo del chófer” es imprescindible no sólo para acercarse a una figura tan extravagante como desapercibida hasta hace poco, como es la de Alfons Quintà, sino también para entender, como ya lo lograra Jordi Amat con El llarg procés (Tusquets, 2015), las largas y enrevesadas raíces de nuestro presente.