¿Es la “seguridad humana” un concepto todavía útil?. Una reseña al libro de Karlos Pérez de Armiño e Irantzu Mendía.

SH

Reseña: Pérez de Armiño, Karlos y Mendia Azkue, Irantzu (2013): Seguridad humana. Aportes críticos al debate teórico y político, Madrid: Tecnos y Hegoa]. En Documentación social. Revista de estudios sociales y sociología aplicada, nº 166. Por Oscar Mateos.

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El fin de la Guerra Fría propició un “clima” internacional en el que muchos actores pensaron que, tras un convulso siglo XX, era posible, por fin, iniciar una etapa sustentada en el desarrollo, la paz y la seguridad. Existía una aparente voluntad de, por un lado, impulsar lo que se denominó como “el dividendo de la paz” (esto es, la cantidad de recursos destinados a armamento que podrían ser ahora empleados en el desarrollo de los pueblos), y por otro, de conferir a Naciones Unidas un papel finalmente protagonista, tras haber mantenido un rol irrelevante durante la contienda bipolar y como consecuencia del bloqueo constante de sus decisiones en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU. La euforia internacionalista de los noventa vino acompañada por una creciente preocupación por las llamadas “nuevas guerras”, es decir, la nueva tipología de conflictos armados que parecían consolidarse, caracterizados, entre otras cosas, por ser enfrentamientos fundamentalmente intraestatales, en los que la población civil era la principal víctima de la violencia y en los que se interpretaba que la pobreza y el subdesarrollo subyacían como algunas de sus principales causas. Este cambio de época se tradujo en la aparición de un buen número de documentos y acuerdos internacionales, como por ejemplo fue la “Agenda para la paz” del entonces Secretario General Boutros Boutros Ghali, los cuales reflejaban no sólo la fuerza de la nueva realidad multilateral sino que además estaban impregnados de una visión de la paz, del desarrollo o de la seguridad mucho más holística.

En ese contexto emergió, también a principios de los noventa, el debate sobre el enfoque de la “seguridad humana”. Dicho enfoque, impulsado especialmente por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) a partir de 1994, se basaba en dos pilares esenciales: la “libertad respecto al miedo” (freedom from fear), es decir, estar libres de toda amenaza de violencia física, y la “libertad respecto de la necesidad” (freedom from want), tener cubiertas las necesidades básicas mediante un cierto bienestar socioeconómico. El PNUD desglosaba además la seguridad humana en siete tipos concretos de seguridad: económica, alimentaria, sanitaria, medioambiental, personal, comunitaria y política. La idea de seguridad humana, por lo tanto, situaba la seguridad de las personas y el desarrollo humano en el centro de la escena y se contraponía a la noción estatocéntrica y militarista de “seguridad” que había imperado en las décadas anteriores. Asimismo, el concepto hacía valer una nueva visión más multidimensional, en la que la paz, el desarrollo y la seguridad eran concebidos como aspectos interdependientes y totalmente interrelacionados. Al debate sobre la seguridad humana liderado por el PNUD se sumaron una cantidad importante de organizaciones internacionales, de gobiernos y de organizaciones sociales. Parecía que la excepcionalidad histórica del contexto y los nuevos enfoques teóricos planteados podían apuntalar los cimientos de un nuevo orden internacional que, ahora sí, pondrían en el centro el bienestar de los pueblos y de las personas.

No obstante, dos décadas después del inicio del debate, la idea de seguridad humana ha estado sujeta a numerosas oscilaciones, que han ido desde una reinterpretación mucho más restringida del concepto (el gobierno de Canadá, por ejemplo, ensalzó la dimensión de la “libertad respecto al miedo” al considerar la protección física de las personas en contextos de violencia armada como un asunto prioritario), pasando por una crítica de fondo por parte de diferentes corrientes teóricas, hasta una cierta irrelevancia en los debates internacionales. Ese balance sobre la idea de seguridad humana es precisamente el que nos propone una obra colectiva, editada por Karlos Pérez de Armiño e Irantzu Mendia, y que lleva por título “Seguridad humana. Aportes críticos al debate teórico y político”. ¿Es la seguridad humana un concepto todavía útil y con potencial para el análisis crítico y para la transformación social? ¿Tiene sentido seguir teorizando en torno a esta idea y a su operacionalización o bien cabe desestimarla y reemplazarla por nuevos enfoques? Estos son los interrogantes principales que atraviesan el conjunto de capítulos que configuran el libro.

¿Es la seguridad humana un concepto todavía útil y con potencial para el análisis crítico y para la transformación social?

En este sentido, el planteamiento elaborado por sus autores es totalmente honesto, ya que no plantea una defensa acérrima de la idea de seguridad humana en sí, sino un ejercicio de recapitulación de lo que ha sido, un escrutinio respecto a lo que es y un debate constructivo sobre lo que podría ser. Sus páginas se dividen en tres partes principales. En la primera, los diversos capítulos (Pérez de Armiño, Dubois, Tortosa y Sanahuja y Schünemann) se caracterizan sobre todo por analizar la seguridad humana a la luz de las corrientes más críticas con el concepto (lo que se conocen como “estudios críticos de seguridad”), las cuales han señalado, entre otras cosas, la imprecisión conceptual y la inconsistencia teórica de la idea de seguridad humana, su escaso contenido crítico con el status quo global, la instrumentalización y cooptación que ha sufrido por parte de los actores con mayor poder en ese contexto (evidentemente, los países occidentales), la brecha abismal que existe entre la retórica y la materialización de muchas de las cosas que proclama o bien el impacto que ha supuesto para su fundamentación el proceso de securitización que se ha producido tras el 11 de septiembre de 2001 con el inicio de la llamada “guerra global contra el terror”. Con todo, la mayoría de autores consideran que el enfoque de seguridad humana, incorporando a su teorización muchas de las aportaciones críticas, sigue encerrando un potencial transformador y emancipador y sigue siendo una propuesta relevante de contrato social en el que las personas requieren de determinadas seguridades y certezas. La segunda parte del libro aborda aspectos sectoriales relacionados con la conceptualización y los enfoques de la seguridad humana, en los que se va a tener en cuenta las aportaciones de los derechos humanos (Almquist), el debate sobre la responsabilidad de proteger (uno de los más polémicos, ya que es la punta de lanza de la dimensión que prioriza por la “libertad respecto al miedo”) (Arredondo y Espósito), los paralelismos teóricos entre seguridad humana y seguridad ambiental (Costa) y las contribuciones realizadas por la teoría feminista al respecto (Mendia y Saillard). La tercera y última parte del libro se centra en el aspecto quizá más complejo como es el de su operacionalización, es decir, la inserción y despliegue de la seguridad humana en las diferentes políticas internacionales, analizándose los vínculos entre seguridad humana, acción humanitaria y construcción de paz (Churruca), el diseño y despliegue de la llamada arquitectura de paz y seguridad africana (APSA) (Ruiz-Giménez) y la realidad socioeconómica y sociopolítica de un país como Guinea-Bissau (Roque).

Lo cierto es que estamos ante un excelente libro que tiene como objetivo último plantear un punto de inflexión respecto al debate sobre el enfoque de seguridad humana: una vez hecho el balance de dos décadas de discusiones, de encajar el golpe que ha supuesto el proceso securitizador post-11-S y de incorporar una gran cantidad de críticas desde una gran variedad de corrientes teóricas ¿tiene verdaderamente sentido utilizar dicho enfoque como marco de actuación teórico y práctico? Y la respuesta, a mi modo de ver, es un sí condicionado a al menos dos aspectos. En primer lugar, la necesidad de repensar el contexto actual, que ya no es el de la euforia internacionalista de inicios de los noventa, pero tampoco el del post-11-S y el delirio securitizador. La “guerra global contra el terror” sigue siendo una obsesión sobretodo estadounidense, pero en frente de ese mundo ha emergido un contexto caracterizado por un todavía tímido proceso de “igualación a la baja” (en el que el Norte y el Sur van convergiendo, poco a poco, en PIB y en derechos sociales y laborales) y por unas crecientes desigualdades sociales internas (que en el caso de los países occidentales se certifican con el desmantelamiento de los estados del bienestar). En un contexto en el que las relaciones internacionales parecen estar mutando y en el que el papel de los Estados-nación (y, por lo tanto, de organizaciones supranacionales como Naciones Unidas) es cada vez menos relevante en favor del capitalismo financiarizado, la seguridad humana puede proponerse como un marco de partida para negociar nuevas reglas de juego que logren un cierto reequilibrio entre poder y política y un nuevo orden basado en una verdadera democracia.

la seguridad humana puede proponerse como un marco de partida para negociar nuevas reglas de juego que logren un cierto reequilibrio entre poder y política y un nuevo orden basado en una verdadera democracia.

Segundo, y tal y como sugieren los enfoques poscoloniales, el debate de la seguridad humana debe incorporar la diversidad epistemológica que Occidente tradicionalmente ha negado. Las “Epistemologías del Sur”, en palabras de Boaventura De Sousa Santos, la seguridad medioambiental o la teoría feminista y de género aportan una comprensión del mundo mucho más amplia que la habitual comprensión eurocéntrica, androcéntrica y antropocéntrica, una diversidad de maneras de pensar, de sentir y de actuar y un respeto de lo pequeño, de lo que supuestamente está ausente o de lo que ha sido ignorado sistemáticamente por el pensamiento hegemónico occidental. Este hecho es clave no sólo en la conceptualización de lo que debe ser la seguridad humana sino también en su operacionalización, evitando así que la seguridad humana pueda convertirse en un instrumento de los actores con mayor poder en el escenario internacional. Sólo desde esa renegociación desde abajo es posible ir tejiendo un contrato social que, en términos ecológicos y humanos, se presenta como algo absolutamente urgente. Y la seguridad humana puede ser importante en el núcleo de ese proceso necesario.

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