La hegemonía cultural (a propósito de Margaret Thatcher)

31301753-ap_thatcher_obit

(*) La crisis internacional nos deja un panorama social alarmante. Como mínimo en los contextos europeos, tres son las dinámicas que parecen configurarse: i) aumento espectacular y cronificación de la pobreza y de la exclusión social; ii) incremento de las desigualdades sociales (disparando la brecha entre las rentas más altas y las más bajas), y iii) proceso de regresión social (vulneración de derechos sociales y constitucionales) pero también político (clara influencia de los mercados financieros sobre las decisiones políticas de estados teóricamente soberanos).

La crisis, las medidas adoptadas y la configuración de este escenario social han hecho aflorar un debate que, si bien había subyacido en las últimas décadas, se ha hecho mucho más evidente, y sobre todo, intenso, en este contexto de crisis. Nos referimos al debate que, autoras como Susan George (“El pensamiento secuestrado”) ya habían sugerido años antes, y que gira en torno el concepto de “hegemonía cultural” de Antonio Gramsci. Para Susan George y un buen número de autores críticos con el proceso de globalización neoliberal, desde los años setenta se ha venido gestando la construcción de una “hegemonía cultural” de los postulados neoliberales, cimentada sobre teóricos como Hayek, especialmente impulsada en la época de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher y que culminó con el llamado “Consenso de Washington”. Desregulación, privatización e inhibición del papel del Estado han sido desde entonces los principales dogmas que no sólo se han instalado en la manera de organizar política y económicamente nuestras sociedades, sino que además han logrado convertirse en una suerte de “sentido común” para el conjunto de la ciudadanía. Con la connivencia de los poderes políticos (relegados por los poderes financieros) y con la determinante colaboración de los medios de comunicación (integrados en un oligopolio mediático de grandes corporaciones), la hegemonía cultural del neoliberalismo ha logrado incluso convertir en “objetivamente razonables” medidas que supuestamente van en contra del conjunto de los intereses de la ciudadanía. El contexto de globalización, que ha anulado el papel de los Estados, o el proceso de individualización y alineación social en la sociedad de consumo,  son algunos de los factores que han contribuido a todo este proceso.

Desregulación, privatización e inhibición del papel del Estado han sido desde entonces los principales dogmas que no sólo se han instalado en la manera de organizar política y económicamente nuestras sociedades, sino que además han logrado convertirse en una suerte de “sentido común” para el conjunto de la ciudadanía.

Pero para los defensores de dicha tesis, dicha hegemonía cultural ha sido plausible gracias, sobre todo, al naufragio de la izquierda, que ha sido incapaz de plantear un discurso y una praxis creíble y alternativa. No solo eso, a la incapacidad de construir una “contrahegemonía ideológica” cabría sumar el hecho de que una parte importante de esta izquierda ha acabado asumiendo como propios y sensatos postulados neoliberales.

Por maniqueo que pueda parecer, este diagnóstico es del todo creíble. En muchos foros de izquierda surgen varias preguntas al respecto: ¿es posible construir una contrahegemonía de lo social? Si es posible, ¿de qué depende? ¿Sobre qué valores y creencias puede cimentarse? La pregunta es pertinente en un contexto de crisis donde las paradojas son más evidentes que nunca: las soluciones a la crisis, provocada en gran parte por la desregulación de los mercados y las crecientes desigualdades sociales, no están contemplando un mayor control de lo financiero (bancos, mercados, etc.) ni medidas que apuesten por la cohesión social. Todo lo contrario, la factura de la crisis la están pagando las clases más desfavorecidas, debido a las medidas drásticas exigidas por los bancos, grandes empresas y mercados como única alternativa. Por otra parte, las movilizaciones sociales son, en la mayoría de los casos, tibias y escasas en comparación con la importante deriva de recorte de derechos sociales que se está produciendo en numerosos países. En este sentido, la victoria del proyecto neoliberal parece rotundo y absoluto.

No obstante, en los últimos años se constata un cierto proceso de repolitización social y la emergencia de un nuevo debate ideológico entre derecha e izquierda (incluso cuestionando la clásica distinción, para plantear el eje “arriba-abajo”, o “los del 99% vs el 1%”, en palabras de Josep Stiglitz), entre lo económico y lo sociopolítico, en un contexto en el que este eje socialmente había quedado desdibujado y en el que incluso algunos habían planteado “el fin de las ideologías y de la historia”.

En medio de este debate, cinco podrían ser los argumentos que deberían tenerse en cuenta a la hora de construir un pensamiento contrahegemónico que priorizara por lo social:

  1. Existencia de un consenso de mínimos irrenunciables (“líneas rojas” que nunca deberían traspasarse, bajo ningún pretexto y en ningún contexto);
  2. Construir un marco teórico basado en la equidad y la sostenibilidad, en el que la eficiencia sea un valor complementario pero nunca prioritario;
  3. Tejer redes y complicidades con las experiencias ya existentes de resistencia social y política a lo neoliberal, estableciendo un espacio amplio, plural y heterogéneo y aprovechando las nuevas tecnologías;
  4. Dignificar la democracia y sus instituciones, dotándolas de sentido y fomentando nuevas maneras de participación social y de poder democrático, y
  5. apostar por una nuevo internacionalismo que garantice la consolidación de instituciones globales que prioricen por la justicia social y que tenga en el control de los mercados y de los desequilibrios económicos mundiales uno de sus principales objetivos.

(*) Una versión similar de este post fue publicada en la Revista canadiense ‘Relations’. Versión original en francés, a continuación.

***

La crise économique et financière internationale nous laisse un panorama social très préoccupant. Dans le contexte européen, au moins trois dynamiques semblent prendre forme : l’augmentation de la pauvreté et de l’exclusion sociale, le clivage croissant entre les riches et les pauvres, et la régression sociale et politique à travers une perte de droits sociaux et une influence accrue des marchés financiers sur les décisions des États.

Cette dynamique sociale, comme cette crise et les mesures adoptées pour y faire face, font renaître un vieux débat sur le concept d’« hégémonie culturelle » formulé par Antonio Gramsci dans les années 1930. Ce concept cherche à rendre compte de l’emprise des représentations et des valeurs des classes dominantes sur les pratiques et les croyances collectives. Pour bon nombre de penseurs critiques du processus de globalisation capitaliste, comme Susan George qui a récemment repris cette idée dans La pensée enchaînée (Fayard, 2007) [El pensamiento secuestrado], une hégémonie culturelle du néolibéralisme se construit depuis les années 1970. Ainsi la dérégulation, la privatisation et l’inhibition du rôle de l’État sont devenues des dogmes intouchables – après avoir été d’abord théorisées par l’économiste Friedrich Hayek, puis mises puissamment de l’avant à l’époque de Reagan et de Thatcher, et finalement instituées par les institutions financières internationales avec le « Consensus de Washington ». Non seulement ces principes président à la manière d’organiser politiquement et économiquement nos sociétés, mais ils se sont convertis en une sorte de « sens commun ». Avec la connivence des pouvoirs politiques – relayant les pouvoirs financiers – et la collaboration dévouée des médias (intégrés aux oligopoles médiatiques des grandes entreprises), l’hégémonie culturelle du néolibéralisme réussit à faire passer des mesures allant directement à l’encontre des intérêts des citoyens comme des mesures raisonnables.

Pour certains défenseurs de la thèse de l’hégémonie culturelle, celle-ci découle, en grande partie, du naufrage de la gauche qui a été incapable de proposer de manière crédible un discours et des pratiques alternatifs. L’inexistence d’une «contre-hégémonie culturelle» s’explique par le fait qu’une partie importante de cette gauche a fini par intégrer les postulats néolibéraux, trahissant ainsi sa raison d’être.

Ce diagnostic, malgré ses aspects manichéens, est tout à fait éclairant. À cet égard, de nombreux forums de gauche soulèvent plusieurs questions qui devraient nous interpeller : est-il possible de construire une contre-hégémonie culturelle? Si oui, de quoi dépend-elle? Sur quelles valeurs et croyances peut-elle se fonder? Ces questions sont pertinentes dans un contexte de crise où les contradictions sont plus apparentes que jamais, les solutions avancées étant celles qui sont à l’origine de la crise : la dérégulation des marchés et les inégalités sociales croissantes. Ni un plus grand contrôle du système financier, ni des mesures qui ciblent la cohésion sociale ne sont sérieusement envisagés par nos gouvernements. Tout au contraire, la facture de la crise est refilée aux classes défavorisées. De plus, les mobilisations sociales sont, dans la majorité des cas, bien tièdes en comparaison de l’importante perte de droits sociaux qui se produit dans de nombreux pays. En ce sens, la victoire du projet néolibéral semble absolue.

Néanmoins, le débat idéologique entre la droite et la gauche – entre le tout à l’économie, d’un côté, et l’importance de la prise en compte du social et du politique, de l’autre – a resurgi minimalement, ce qui n’est pas rien dans un contexte où il avait presque disparu et où la fin des idéologies et de l’histoire avait même été annoncée. Au cœur de ce débat, cinq orientations s’imposent à l’heure de construire une pensée contre-hégémonique priorisant le social et le politique. 1) Le discours de la gauche doit pouvoir refléter un consensus autour de valeurs fondamentales auxquelles la gauche ne peut renoncer sous aucun prétexte. 2) La construction d’un cadre théorique est nécessaire, basé sur l’équité et sur un développement soutenable et pour lequel l’efficacité ne serait qu’une valeur complémentaire mais jamais prioritaire. 3) Des réseaux doivent être tissés – profitant des nouvelles technologies – afin de mettre en commun les diverses résistances sociales, politiques et économiques au néolibéralisme qui ont cours et d’établir un large espace de complicités, pluriel et hétérogène. 4) La gauche doit valoriser la démocratie et ses institutions et lui insuffler du sens afin de créer de nouvelles formes de participation sociale et de pouvoir démocratique. 5) Un nouvel internationalisme doit être mis de l’avant, qui consolide les institutions politiques ayant comme principal objectif de prioriser la justice sociale et de contrôler les marchés et les déséquilibres économiques mondiaux.

***

[Un artículo interesante al respecto es: “La ocupación del lenguaje”, de 1 de septiembre de 2012 en El País.]

Anuncios

1 comentario en “La hegemonía cultural (a propósito de Margaret Thatcher)”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s