Obama y las “guerras justas”

Con su discurso de entrega del Nobel de la Paz, Obama ha rescatado de la estantería el clásico de Michael Walzer sobre las “Guerras Justas”, afirmando, más o menos en estos términos, que en la historia la violencia y la guerra son a veces necesarias para poner las cosas en su sitio. Por un lado, es cierto que la guerra ha sido una continuidad histórica importantísima para entender lo que somos hoy y hacia donde vamos. Europa es hoy más próspera que hace un siglo también porque ha sufrido el paso de dos guerras mundiales y el sufrimiento de millones de víctimas mortales. Hay más consciencia y la convicción de que ese no es el camino, de que hay otras maneras. Por otra parte, y tal y como el propio Obama reconoció en su discurso, la guerra es una tragedia en sí misma, el fracaso de la condición humana que niega la posibilidad de resolver los conflictos de forma pacífica y negociada.

Las guerras en Afganistán o Irak nunca pueden ser justas o necesarias. Al margen del tópico de que “la violencia sólo engendra más violencia”, ambas guerras no se hacen en nombre de la justicia o de un mundo mejor. El movimiento Talibán, absolutamente execrable si bien respaldado en sus orígenes por Washington, nunca puede ser una justificación para imponer un modelo de país y de sociedad a la fuerza, a costa de la vida de decenas de miles de inocentes. Es cierto que Obama se encuentra en la tesitura de sacar a su país de ambos contextos. Tal vez, Obama hubiera hecho las cosas de forma diferente de cómo las hizo su antecesor en el cargo, ese señor que pronunció frases célebres como “si no hacemos la guerra, corremos el riesgo de fracasar” o “África es una nación que sufre una increíble enfermedad”.

Ahora bien, nos queda claro que Obama no es Martin Luther King, a quien cita una y otra vez en sus discursos. Obama no es tampoco el Mesías político que algunos esperaban y que hizo suspirar a más de uno antes de su llegada a la Casa Blanca. Obama, como escuché el otro día decir a otro Nobel de la Paz (este sí de verdad), Adolfo Pérez Esquivel, “ha llegado al Gobierno pero no al poder”. Un matiz que nos sirve para entender que la primera medida del actual Premio Nobel de la Paz haya sido el envío de 30.000 soldados más a Afganistán.

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